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LADRONES JUBILDASO: 5ª ENTREGA

LADRONES JUBILADOS

Quinto fragmento que Mertxe seleccionó para nuestra lectura compratida de Ladrones Jubilados. Esté es más extenso y miga de la buena.

Seyf no estaba loco. Tampoco se trataba de uno de esos tipos dogmáticos y cortos de miras que ven las cosas desde un solo ángulo y las dividen en dos grupos: a su favor o en su contra. No es más que un actor rebelde y un amante atolondrado. Un actor que rechaza la idea de encerrarse en un sólo papel, pues considera que la vida da para mucho más; y un amante entregado a una reputación que consideraba merecida.

     Desempeñaba a la perfección el papel de poeta y soñaba con llegar a ser algún día un famoso trovador de reconocido talento. Sin embargo, no tardó  en darse cuenta de que los cantantes gozan de más prestigio y reputación que los poetas, así que se pasó a la música. De hecho, amenizó unas cuantas bodas en nuestra calle, celebraciones que le ofrecían la oportunidad ideal para representar otro papel que le venía como anillo al dedo: el de peluquero de mujeres. Este oficio le hizo olvidar la canción. Le encantaba, pero además le volvían loco las clientas. Las adoraba con tal pasión que llegó a la conclusión de que lo más inteligente era parecerse a ellas.

     Seyf era el último retoño de la prole de Abu Gamal. Un muchacho de dieciocho años distinto a los chavales de su edad, pues no era impulsivo, espontáneo ni inmaduro. Sus miradas recordaban a las de un dulce corderito en el momento de transformarse en un lobo feroz. Delgado pero no exageradamente, poseía unos rasgos corrientes, simples rasgos sin más. No había en su rostro nada en particular que llamase la atención. Sin embargo, era imposible no quedarse mirándole cuando pasaba por delante de ti. Quizás por eso, él caminaba a propósito a paso lento. Parecía saber que la gente le observaba, así que les daba la oportunidad de que le contemplaran bien. 

     Siempre hacía lo que le venía en gana, pero todavía no había podido realizar un pequeño deseo que tenía: salir a dar un paseíto vistiendo una minifalda que para este propósito había comprado en el Centro Comercial Tahrir, un body ajustado sin mangas y una peluca que pertenecía a la peluquería. Por desgracia, este sencillo capricho chocaba de frente con el virulento rechazo de sus hermanos, sobre todo de Gamal. 

     Le apasionaba remover temas escabrosos, pero al mismo tiempo sabía correr sobre estos asuntos un tupido velo tras el que podías refugiarte para evitar sentirte incómodo. Siempre te convencía de que no había nada ilícito en sus actos. Como  aquella vez en la que vino a visitarme, bien entrada la noche, y me puso a escuchar una casete erótica que había grabado con sus amigos en la que se les oía soltando gemidos. No la llamó con el nombre comúnmente aceptado para este tipo de grabaciones, sino que la definió como una velada “distendida” entre amigos muy “distendidos”. Pero no fue más allá ni hizo nada aunque yo dejé entrever que estaba dispuesto a participar en ese tipo de veladas. Sólo me lanzó una mirada de esas que se suelen definir como profundas. Esto me desconcertó, no debido a la vergüenza, sino porque no podía adivinar qué era lo que quería de mí exactamente, y tampoco había sido capaz de reconocer si su voz desempeñaba un papel activo o pasivo en la cinta de gemidos. Entonces se levantó y se giró lentamente. Cuando estuvo seguro de que su trasero estaba justo a la altura de mis hombros, se puso a restregarlo contra mí con varias sacudidas suaves e imperceptibles, como los brochazos de un hábil pintor sobre una pared lijada con esmero. Unos roces que no podías recriminarle si eres un hombre piadoso, pero que tampoco podías apreciar si eres uno de esos que entienden en estos asuntos. Unos toques que te dejan perdido, entre dos aguas, y te enfrentan a una pesada e irremediable indecisión: ¿me levanto y le echo, con lo cual puede que esté malinterpretado sus nobles intenciones? ¿O me pongo a besarle y acariciarle, con lo cual puede que él haga lo mismo y esto termine en un escándalo memorable que dará al traste con mis esfuerzos por mantener mi reputación? 

     Seyf siempre deja la puerta entreabierta y se reserva el derecho de abrirla y cerrarla cuando le da la gana. Se pinta las cejas y se maquilla con gran esmero. Les dedica un especial cuidado a sus labios, a los que aplica un pintalabios marrón oscuro que pega con el color tostado de su piel. Alardea sin descanso de su masculinidad con     pantalones estrechos de diversas marcas que resaltan sus nalgas respingonas. Su cuerpo, bien acicalado, echa llamas… Un día las echó literalmente, pues intentó suicidarse prendiéndose fuego. Bajó a comprar un bidón de queroseno en la tienda de Hassan y se lo extendió por todo el cuerpo, ocupándose de que el líquido llegase a todos sus recovecos, especialmente a su trasero, al que dedicó un puñado entero. Se frotó a conciencia, como hacen sus abluciones los creyentes más fervorosos (este esmero de los practicantes a la hora de lavarse no es más que una manifestación extrema de meticulosidad, propia de quien es consciente de que está a punto de encontrarse con Dios). A continuación, Seyf cogió una caja de cerillas, lentamente... Desde aquel día en que lo probó por primera vez le resultó tan agradable que con cierta regularidad baja a comprar un bidón de queroseno de la tienda de Hassan. Siempre me he preguntado por qué se lanza hacia la muerte de este modo tan excéntrico. ¿Está buscando una fama a su medida? ¿Se trata de un nuevo papel que sólo él tiene las agallas de representar? ¿O quizás es que la crueldad del miedo hace que la muerte le parezca una vida más llevadera?

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