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Y TÚ, ¿QUÉ HARÍAS EN UNA GUERRA?

EL MIEDO

CHEVALLIER, GABRIEL

Acantilado, 2009

Sencillamente uno de los mejores libros que he leído últimamente. Descarnado, brutal, pero tremendamente emocionante, palpitante y profundo a la vez. Un relato en primera persona de la vida, si puede llamarse vida, de un soldado durante la Primera Guerra Mundial. La Gran Guerra fue una guerra de hombres contra máquinas, y estas ganaron de largo. A "tonelada de acero por libra de carne humana" lo que se enfrentó en esta guerra era la capacidad de destrucción de los ingenios que un bando y otro idearon para sepultar en sus trincheras a su enemigo. Por otra parte, tan sólo sirvió para extender por Europa fantasmas que aún hoy no han terminado de desaparecer; fantasmas de un odio racial entre los pueblos de Europa.

Ha habido muchos fragmentos de esta lectura que me han movido especialmente y algunos los comparto aquí, pero como experiencia lectora no me resisto a destacar la tremenda fuerza emotiva del relato. Por momentos, la narración del soldado Dartemont hace que se le acelere el corazón a uno esperando el estruendo del próximo obús; y desde luego llega a provocar el asco y el más absoluto de los rechazos a la guerra al sentir los gritos desgarradores de los heridos y las terribles escenas de muerte.

"- Según tú, ¿qué haría falta para ser un gran jefe militar?

- Me pregunto si no haría falta, en primer lugar, no ser militar, para aportar así a la comprensión de la guerra un espíritu nuevo. Tenemos menos necesidad de un jefe militar que de un líder, lo cual sería mucho más..." (Pág. 51).

(tras una retahíla de cadáveres horriblemente masacrados en la trinchera...) "El cuerpo del hombre muerto es algo que produce un asco invencible para el que vive, y ese asco es la señal de la completa anulación." (Pág. 83).

"Sobre todo, no he de pensar... ¿Qué podría plantearme? ¿Morir? Eso no puedo planteármelo. ¿Matar? Es lo desconocido, y no tengo ningunas ganas de matar. ¿La gloria? No se gana gloria aquí, hay que estar más en la retaguardia. ¿Avanzar cien, doscientos, trescientos metros en las posiciones alemanas? Demasiado he visto que eso no cambiaría nada los acontecimientos. No tengo ningún odio, ninguna ambición, ningún móvil, sin embargo, debo atacar...

Mi única idea: pasar a través de los balazos, de las granadas y de los obuses, escapar a ellos, vencedor o vencido. Por otra parte: ser vencedor es vivir. Ésta es también la única idea de los hombres que me rodean." (Pág. 92).

El clamor de los heridos abandonados en la tierra de nadie entre las líneas de ambos bandos (Pág. 93).

De permiso, en su pueblo del sur, lejos del frente, los amigos de su padre le preguntan por las sensaciones de la guerra:

"- ... Pues bien, estuve de marcha día y noche, sin saber adónde iba. Hice ejercicio, pasé revistas, abrí trincheras, trasladé alambradas, sacos terreros, vigilé en la tronera. Pasé hambre sin tener nada que comer, sed sin tener nada que beber, sueño sin poder dormir, frío sin poder calentarme, y piojos sin poder siempre rascarme... ¡Eso es todo!

- ¿Todo?

- Sí, todo... O mejor dicho, no, no es nada. Les voy a decir la gran ocupación de la guerra, la única que cuenta: HE TENIDO MIEDO." (Pág.134). La reacción es de indignación, rechazo por cobardía...

En el hospital con una enfermera de familia bien:

"- Me han enseñado muchas cosas, como a usted, entre las que me doy cuenta que hay que elegir. La guerra no es más que un monstruoso absurdo, del que no cabe esperar ni mejora ni grandeza." (Pág. 138).

También en el hospital, con el capellán:

"- Son los enemigos de la Patria (por los alemanes)

- Pero son hijos del mismo Dios. Y Dios, ese padre, preside la lucha fratricida de sus propios hijos, y las victorias de los dos bandos, los Te Deum de los dos ejércitos resultan gratos por igual. Y precisamente usted le reza para que arruine y aniquile a otros justos. ¿Cómo quiere que lo entienda?" (Pág. 146).

"Si el Hijo de Dios existe, es en el momento en que nos muestra su corazón, cuando tantos corazones sangran, ese corazón que tanto amó a los hombres. ¿No ha servido, pues, de nada, y su Padre lo sacrificó inútilmente? El Dios de misericordia infinita no puede ser el de las llanuras de Artois. El Dios bueno, el Dios justo no ha podido autorizar que se lleve a cabo en su nombre semejante escabechina de hombres; no puede querer que semejante exterminio de cuerpos y de espíritus sirva a su gloria." (Pág. 147).

 

"En Verdún, nos defendimos, la batalla del Somme no condujo a nada, y nuestra ofensiva de abril pasado fue una acción criminal que todo el ejército condenó. (...) Se nos pidió demasiado, se ha hecho de nuestro sacrificio un excesivo mal uso. Comprendemos que es la docilidad de las masas, nuestra docilidad, la que hace posible tales horrores (...)" (Pág. 289).

Declarado el armisticio y finalizada la guerra, Dartemont y Nègre discuten qué hacer:

"- Pero ¿qué riesgo podemos correr?

- ¡Todos! Nunca hemos corrido tanto riesgo, corremos el riesgo de recibir el último obús. Estamos aún a merced de un artillero de mala baba, de un bárbaro fanático, de un nacionalista delirante. ¿No creeréis, por casualidad, que la guerra se ha cargado a todos los imbéciles? Se trata de una raza que no perecerá. ¡Seguramente debía de haber un imbécil en el arca de Noé, y era el macho más prolífico de esa bendita embarcación de Dios! (...)" (Pág. 356).

 

"- ¿Tú no crees -dice un hombre- que nos han calentado la cabeza con eso del ’odio de las razas’?"

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